Recepción de embriones donados sin anonimato: la historia real de una pareja que buscó el embarazo en Portugal
Laura Rabinad
A veces una historia necesita más espacio del que permite una reseña.
Comparto aquí el testimonio anónimo de una pareja a la que tuve el honor de acompañar. Conocer otras historias puede servir de inspiración y de apoyo para quienes están transitando procesos similares:
La sala de Obstetricia está repleta, mayoritariamente de mujeres embarazadas y sus parejas. Se respira felicidad, y yo me pregunto si en los próximos meses seremos como ellos. Nos llaman, me exploran, valoran las pruebas realizadas. Los resultados no son buenos, dicen con frialdad. A parar de ese momento volvemos a esa consulta en diversas ocasiones. Siempre tensos, con miedo. No por las pruebas, no es por los resultados negativos… Me pregunto ¿Por qué nos tratan con desprecio?
Seguimos en esa sala… alguien debería valorar si es acertado ubicar obstetricia junto al Departamento de infertilidad…
Este es el comienzo de tres años de búsqueda de un embarazo que no llegaba, de fecundaciones in vitro (FIV) que ilusionaban inicialmente y te rompían con cada negativo, de incomprensión y soledad. Pero, sobre todo, es la historia de cómo negarte a ser parte de una industria que deshumaniza y explota a mujeres vulnerables es, cuanto menos, un camino difícil.
Tras la primera FIV nos recomendaron donación de gametos. “Son mujeres jóvenes, no puedes competir contra ellas…”, dijo el ginecólogo tras la exploración. Desconocía la existencia de aquella competición en la que me incluía. Me negué en rotundo, las líneas rojas estaban claras. No seríamos parte de la comercialización de óvulos. La conversación fue tensa, incómoda. Cambiamos de clínica.
Medicación, incertidumbre, angustia… Los siguientes procedimientos fueron igualmente dolorosos. Cada negativo nos alejaba de esa sala de Obstetricia, esa sala repleta en la que tanto deseaba estar. Comenzamos a valorar la adopción de un embrión no procedente de ovodonación, pero… habían pasado dos años, debíamos mucho dinero y cada vez era menos viable a nivel económico, físico y mental seguir este proceso.
Seguía a Laura en redes sociales. Aunque la opción que habíamos valorado evitaba la explotación reproductiva, nos preocupaban las posibles secuelas asociadas a la adopción de embriones. ¿Cómo gestionarlo? Cogimos cita. Fue la mejor decisión que pudimos tomar. Nos ofreció información sin sesgos, apoyo y empatía. Teníamos muchas reticencias relacionadas con aspectos éticos, y entonces… “¿Sabéis que en Portugal la donación no es anónima?”.
Tras varias transferencias embrionarias en una clínica portuguesa, las opciones se agotaron. “Tenéis embriones de donantes jóvenes, pero elegís los menos adecuados”, dijo el ginecólogo evidentemente molesto. Desde el inicio dejamos claras las líneas rojas. La conversación fue tensa, incómoda. Cambiamos de clínica.
Habían pasado tres años. Nuestros problemas económicos cada vez eran más graves. Decidimos intentarlo una última vez. En la nueva clínica respetaron nuestras condiciones. Un día recibí un correo. Disponían de un embrión no anónimo donado por una pareja de nuestra edad. Habían utilizado sus propios gametos y donado dos embriones. Volvimos a Portugal. Nos recibieron con empatía, cariño y respeto. Al menos, pensé, si era el final de esta historia, lo sería arropada, con sonrisas y complicidad. Al salir, nos hicimos una fotografía en la clínica.
Otra vez en esta sala de Obstetricia… está repleta. Estoy feliz, nos damos la mano y esperamos nuestro turno. 14 semanas de embarazo. Salimos felices, pero no puedo evitar fijarme en la pareja que sale por la puerta de enfrente. Deseo que se hayan sentido arropados. Deseo empatía y respeto.
En las clínicas privadas exigen decisiones rápidas. Presionan, cuestionan y ridiculizan tus decisiones hasta hacerte dudar de una misma. Pero, hablemos claro. Siempre supe que, en España, difícilmente una mujer se prestaría a un proceso de reproducción asistida como la estimulación ovárica si no es por el deseo de ser madre o por absoluta necesidad económica. Hasta la fecha, la legislación española no ha favorecido una reflexión pública sobre la donación altruista de gametos, como sí ha sucedido, con éxito, en otros países europeos.
Hace unos días comenzamos a escribir un diario de embarazo. En la primera hoja pegamos una fotografía, la que nos hicimos al salir de la clínica en Portugal. Tras el camino recorrido, ¿nos equivocamos en algo? ¿Debimos aceptar no ser padres? Aún lo pienso a veces, reflexiono sobre ello. No obstante, me enorgullece saber que, ante la presión, no nos rendimos. Nunca cruzamos esa línea roja.
El anonimato fomenta un negocio que mueve millones de euros en España, que explota a mujeres y niega a las personas concebidas por donación de gametos su derecho a conocer su origen. Abolir el anonimato y la donación comercial de gametos, apoyando la donación altruista en el sistema nacional público de salud, es una cuestión ética y de justicia social.
Ojalá en un futuro cercano se legisle en base a los derechos fundamentales de estas personas, finalizando el anonimato. Ojalá el fin de la mercantilización de los gametos. Ojalá el fin de la explotación reproductiva de las mujeres.
Gracias Laura, por tu profesionalidad, cariño y sinceridad. Por tu empatía y por acompañarnos en una de las decisiones más importantes de nuestra vida, haciéndonos sentir en paz con ella.
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